Marchar hace bien al alma. Respirar CO2 no tanto…

15M – Movilización de jóvenes por el cuidado ambiental. Pensamientos post-marcha. // March 15th – Teens demonstrate against global warming. Post-march thoughts.

Marchar hace bien al alma. Lo pienso siempre, después de días como hoy. Es bastante raro, si uno se pone a pensarlo, porque las marchas suelen ser lugares donde se concentra mucho enojo. El mundo se está muriendo. Si no lo arreglamos pronto las cosas van a salir muy mal. No va a pasar dentro de mil años, ni de cien. Va a pasar en un par de años, y eso asusta. ¿Por qué entonces siento tanta paz? ¿Por qué tanta felicidad en un lugar donde los carteles hablan de preocupación y decepción?

Hace unos días en la escuela, mientras una amiga y yo corríamos por las escaleras, cinta y carteles en mano, alguien me preguntó si soy activista. En el momento no supe qué contestar. La palabra me pareció demasiado grande, demasiado importante, para las acciones tan chiquititas que yo sentía que estaba haciendo. Armar un grupo de whatsapp para salir todos juntos. Pegar carteles. Hablar en las aulas. Yo no había organizado reuniones multitudinarias, ni dado discursos emblemáticos, ni estaba cerca de resolver este problema. Pero me puse a pensar en la palabra “activismo”. Lo activo que es lo contrario de lo pasivo, de lo inmóvil. Activista es cualquiera que ve algo que está mal y no se queda quieto, no se queda callado. Acti-vista es activar después de la vista.

En ese sentido pienso que muchos de nosotros, sin darnos cuenta, somos activistas. Es cierto que mucha gente ve al activismo como algo negativo, algo “extremo” de lo que no se debería hablar en la cena. Son los mismos que piensan que los jóvenes no deberíamos votar, o tener opiniones sobre política. Los que les decís “tengo 16 años” y escuchan “soy estúpida”. Es cierto que hay un montón de jóvenes que se dedican cada día con mucho esfuerzo a probar que esa gente no sabe de qué habla. Pero yo no hablo de eso. Me refiero a algo mucho más simple. Algo que me viene pasando hace unos años, y que veo en casi toda la gente de mi edad. Cuando empezamos a darnos cuenta de que el mundo es un desastre, que las cosas no están para nada bien. Y tenemos la valentía de preguntarnos por qué. De entender lo que muchos adultos se olvidan, o prefieren olvidarse: que las cosas pueden ser distintas. Que nada es así porque sí. Que no tenemos que dar nada por sentado.

El problema es que después vienen los días como hoy, en los que marchamos. Y en cada cartel veo frases de preocupación, veo reclamos que nadie escucha. Veo por qué marchamos, lo que nos espera si no lo hacemos. Y me dan ganas de mirar a nuestros padres, a nuestros abuelos, y decir “¿Por qué? ¿Por qué me toca a mí arreglar esto? Es injusto, si el lío lo hicieron ustedes”.

El lío lo hicieron ellos, es verdad. Y a nosotros nos tocan las consecuencias. A veces me da mucha rabia esa injusticia. Sentirme responsable de arreglar los errores de otros, saber que todo lo malo que hicieron recae en mí cuando nadie me preguntó si quería que las cosas fueran distintas. Es como si la vida fuera un eterno trabajo de geografía de la escuela, de esos en los que uno trabaja y los demás lo miran, medio distraídos, y después firman sus nombres.

Entonces, ¿por qué ser activista? ¿Por qué hacernos responsables del problema de otro? Es cierto que es injusto. Es cierto que no debería ser así. Pero es. Y yo creo que si no activamos, por menos nuestro que sea el problema, perdemos el derecho a quejarnos. Perdemos el derecho a tratar de ser mejores. ¿Ayudará esto en algo? ¿Nos merecemos tener que arreglar los problemas que heredamos de generaciones pasadas? ¿El hecho de que no sean nuestra culpa nos exime de tratar de resolverlos?

No tengo la respuesta a estas preguntas. Pero me siento un pasito más cerca de ellas cuando estoy marchando. Y por eso estoy acá. Porque prefiero, la próxima vez que te diga que tengo 16 y vos me quieres explicar a mí lo que deberías ser y sentir los adolescentes, mirarte desde acá, rodeada de pibes con carteles y canciones y sin ganas de quedarnos quietos. Es cierto que el mundo se está muriendo, y que si no hacemos algo para evitarlo la vamos a pasar muy mal, pero es mucho más difícil estar enojado por eso cuando te sentís abrazado por un mar de gente que está trabajando igual que vos para que las cosas sean un poquito mejores. Marchar te hace sentir poderoso, porque sos uno y sos mil. Y entonces ya no importa si sos chico porque sos enorme.

Hoy marchamos porque estamos enojados. Pero nunca volví de un lugar lleno de tanto enojo sintiéndome tan feliz. Feliz porque estamos juntos, porque somos un montón, porque nadie tiene vergüenza de ser el que trabaja, el que resuelve incluso si no es su problema, el que ve y después activa. Los jóvenes estamos enojados. Y hoy yo fui la joven enojada más feliz del mundo. Si el presente es la lucha, el futuro será nuestro. Será nuestro y será revolucionario.

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