Escuela del presente

(O “¿Escuela de qué futuro? II”)

Nunca dejes que la escuela interfiriera con tu educación.

Mark Twain

Hasta hace poco, tenía un plan para mi educación que me parecía muy claro: quiero trabajar de algo que me guste, y que me permita mejorar el sistema y ayudar a otras personas. Para eso, lo primero que tengo que hacer es terminar la escuela e ir a la universidad. No solo eso, sino que tengo que ir a una universidad de excelencia y prestigio, para poder lograr cosas más grandes en el futuro, con lo cual es necesario que mi presente gire principalmente alrededor del estudio. Es una idea que comparten muchos de mis amigos, y que estas últimas semanas nos atravesó a todos muy vívidamente. Entre los exámenes que estamos rindiendo y las decisiones qué estamos tomando, todos queremos hacer cosas que nos den felicidad y mejorar nuestro mundo. Y todos parecemos convencidos de que la educación formal (o mejor dicho cierto tipo de educación formal) es el único camino para generar eso, y por lo tanto debe ser la prioridad número uno de nuestras vidas. Los adultos que tenemos alrededor, en su mayoría, no hacen más que reforzar esta idea: primero se estudia, después viene el resto. Y ese resto, eso que podemos lograr, que podemos cambiar, que podemos hacer por nosotros y por otros, es la consecuencia directa de ese estudio. “Rendí exámenes internacionales, andá a estudiar afuera, y con ese lindo título vas a poder, dentro de algunos años, si el mundo todavía no se prendió fuego, tener algún puesto importante que te permita ayudar en serio. Eso sí, ahora lo primero es estudiar.”

Me parece importante clarificar que no vengo a cuestionar la importancia de terminar el colegio o de ir a la universidad; el estudio es una herramienta importante que nos da la capacidad de llegar muy lejos. Lo que sí vengo a cuestionar es ese orden: primero estudio, después hago cosas importantes. Primero estudio, después soy feliz. Porque hace poco empecé a darme cuenta de que no es tan así. Tal vez las cosas están cambiando, o tal vez nunca lo fue realmente. Siempre pensé que generar grandes cambios en el mundo era cosa del futuro, cosa de licenciados y doctoras, hasta que empecé a generarlos, desde mi lugar, en el presente. Como estudiante, empecé a involucrarme política y socialmente en distintas organizaciones, a participar en proyectos educativos, y a ver como mis acciones y las de mis compañeros tienen consecuencias directas en nuestra comunidad. No tenemos doctorados, ni certificados IGCSE (todavía), pero estamos cambiando el mundo. Eso es indiscutible.

Personalmente, entender esto me ayudó muchísimo, y cada vez que me estreso por la escuela, pensarlo me da muchísima paz. Soy una persona que siempre exige mucho de sí misma académicamente, y gran parte de ese deseo está motivado por la creencia de que la excelencia en el ámbito educativo es mi entrada sin escalas al mundo de las grandes mesas donde se toman las decisiones, de la gente que puede cambiar las cosas, de los recursos y los marcos para generar grandes soluciones. Pero, ¿qué pasa si esto no es así? Significa, tal vez, que puedo tomarme las cosas un poquito más a la ligera. Significa que puedo permitirme luchar ahora, que puedo permitirme ser feliz ahora, y que si por hacerlo a veces dejo de estudiar, o me saco ochos en vez de dieces, no estoy cometiendo un pecado mortal. Significa que no tengo que sacrificar mi presente tratando de parecerme a la mujer maravilla para entrar a universidades que siempre me van a querer más perfecta de lo que soy. Y que tengo tiempo para dejar de exigirme el ciento diez por ciento de mi energía en la escuela para empezar a dedicarla también a otras cosas que me parecen importantes, como el activismo y la militancia. Porque estoy cumpliendo mi objetivo. Y eso es lo más importante.

Muchas veces, ese orden tan claro que parecemos tener para hacer las cosas nos encierra y no nos deja ver más allá de lo cotidiano. Dejamos de lado actividades qué nos hacen felices o nos permiten ayudar porque creemos que el estudio es lo único importante. Y peor todavía, a veces dejamos que eso que estudiamos nos consuma el cerebro, hasta que ya no tenemos ganas ni de pensar en mejorar el mundo o hacer cosas que nos motivan. Llegamos a nuestras casas apagados, con poco tiempo libre y energía que solo nos sirve para mirar Instagram. Memorizamos fechas históricas sin entender los procesos que tienen detrás, y aplicamos fórmulas sin preguntarnos por qué. Nos olvidamos de que estudiar no es un objetivo en sí mismo, sino un medio para entender el mundo, cambiar lo que nos molesta y llegar a hacer cosas que nos hagan felices.

Hoy, entiendo que mi vieja lista de objetivos (primero la secundaria, después la universidad, después el trabajo que amo y el activismo) ya no es la indicada. Entiendo que nada me impide empezar a cambiar el mundo ahora, desde donde estoy, y que de hecho lo estoy haciendo. Lo estamos haciendo. Y esto me permite respirar aliviada cada vez que me va menos que excelente en una prueba, y decirme a mí misma que no me hace menos capaz, porque no necesito el aval del sistema para empezar a generar soluciones a grandes problemas, ni mucho menos para estar contenta y satisfecha conmigo misma.

Mark Twain dijo que no hay que dejar que la escuela interfiera con nuestra educación. Lo decía porque entendía que aprender es mucho más que estudiar, y que existen cosas muy importantes sobre la vida que no se aprenden sentado en un aula. Por eso, mientras nos acercamos a fin de año y muchos de nosotros entramos en una época caótica de exámenes y decisiones importantes, quería rescatar su mensaje. No dejemos que la escuela interfiera con nuestra educación. Y agrego, no dejemos que la escuela interfiera con nuestra lucha, con nuestro arte, con nuestro activismo, con nuestras marchas, con nuestra paz mental, con nuestras relaciones. No dejes que la escuela se interponga entre vos y lo que te gusta o te parece importante. Tampoco dejes de estudiar, ojo, pero entendé que la nota alta no es un objetivo en sí mismo, sino un medio (y para nada el único medio) para lograr cosas buenas para vos y quienes te rodean. Y si ya las estás logrando, desde el lugar que tenés ahora, no dejes que el mundo te diga que son menos importantes porque no se pueden traducir en un diez o un muy bien felicitado. No dejemos de hacer lo que nos llena y nos ayuda a iluminar el mundo a nuestro alrededor, porque no hace falta tener ningún diploma para empezar a ser felices, ni para empezar a luchar por lo que queremos. Ese es el único diez que importa.

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