Mar Verde

Hace casi un año, junto a mi mamá, que no es la clase de persona que marcha, marchaba por primera vez. Hoy, mientras me preparo para marchar nuevamente, releo lo que escribí al volver, como siempre inspirada después de respirar tanta lucha:

“Cuando me subo al colectivo y veo gente con el pañuelo me dan ganas de ir a chocarles los cinco. Es increíble el sentido de solidaridad que genera todo esto, el pensamiento de “no te vi nunca en la vida pero te conozco. No tengo idea de quién sos, pero estás haciendo las cosas bien”. Cada vez somos más arriba de este colectivo. Nuestras miradas se encuentran y sonreímos, porque sabemos que vamos todas a lo mismo. Nos bajamos cuando empieza el corte de calles y empezamos a caminar. Inconscientemente la agarro del brazo a mi mamá, para no perderla porque, por suerte, somos muchas. Seguimos a la gente que parece saber hacia dónde está yendo, y de a poquito se empiezan a escuchar megáfonos y música a lo lejos. Yo, que estuve todo el día tratando de gestionar este plan, que por bastante tiempo pensé que no iba a resultar e iba a tener que quedarme en mi casa, respiro hondo y me preparo para abrazar este momento con todas mis fuerzas.

De pronto, como si atravesáramos una pared invisible, cruzamos una calle y estamos ahí. El ruido ya no se escucha a distancia; nosotras somos el ruido. Nunca había estado en una marcha pero me siento en casa, como si nunca hubiese salido de una. Hay grupos de chiques sentados, compartiendo comida, cantando y levantando carteles. Unos metros más adelante se ve el escenario. Si me muevo un poquito a la derecha y me pongo en puntitas de pie, puedo ver a la compañera que habla. Nos cuenta qué organizaciones están apoyando la movida, lee un poema precioso, cada tanto pasa información sobre alguna persona perdida. Finalmente, nosotras encontramos nuestro lugar y nos quedamos paradas ahí, mirando. Desde el escenario cantan y leen carteles con frases que conozco, que yo también llevo escritas. Avisan cómo va la votación y comentan que hay nueve cuadras cortadas y llenas de gente. Todos con pañuelos verdes, que desde arriba deben parecer estrellas. Soy nueve cuadras. Nunca me sentí tan enorme.

Decidimos caminar por alguna calle lateral que esté menos congestionada para ver si podemos llegar al Congreso. En el camino me desato el pañuelo que tengo puesto en la cabeza, a modo de vincha, y me lo pongo en el cuello como ya vi que lo tienen varias chicas. Me gusta así porque se ve más, porque yo también quiero que alguien se suba a un colectivo y me vea y se sienta menos sola.  Hace frío y se me complica atarlo por encima de mi campera y mi bufanda pero al final consigo que ahí quede. Justo entonces llegamos al Congreso. Ahí la atmósfera es igual pero distinta: Parece haber más movimiento, más canciones, pero no hay un escenario a la vista ni nadie hablando. Sacamos algunas fotos, saludamos a un par de conocidos que se nos cruzan. Observamos este mar verde que somos todes, nos sentimos parte, escuchamos el ruido de las olas que azotan el Congreso.

Llega más gente, crece la marea. Y mi mamá, que vino porque le daba miedo que yo vinera sola, que no pisaba una marcha desde la época de Alfonsín, me dice “Mirá, son casi todos jóvenes acá. Está lleno de chicos”. Su voz tiene cara de sorpresa, tiene cara de optimismo. Y a mí me llena de orgullo verme reproducida tantos cientos de veces, en cada ronda, en cada canción, en cada cartel. Me llena de esperanza saber que soy parte de una generación tan valiente y tan linda. Me hace acordar a algo que me dijeron hace poco, que revolución es apostar al futuro porque creemos que podemos estar mejor. Pase lo que pase mañana en el congreso, hoy me voy a dormir tranquila con el verde de los pañuelos tatuado en los ojos. Me voy a dormir sabiendo que va a estar todo bien, que está todo bien, que nada de lo que hicimos fue en vano porque la lucha sirve para esto. Para hacernos sentir invencibles. Para hacernos sentir abrazadas.”

(Junio 2018)

Nos vemos mañana…

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