¿Escuela de qué futuro?

“Parate derecha”. “Acá va guión, no coma”. “Esto tiene que ir en itálica. En negrita está mal”. “La letra muy grande”. “Las flechas muy chicas”. “La mayúscula endurece el texto. Escriban en minúscula que lo hace más liviano”. “Se pasaron de tiempo”. “Se pasaron de palabras”. “Si no hablan con distancia linguística no sirve”. “Un desastre las presentaciones”.

Juro que no tengo ningún problema con que me corrijan. Reconozco la superioridad de la mayoría de mis profesores, y estoy contenta y agradecida de poder aprender de ellos. Pero hay cosas que no están funcionando. Lo vemos todos. Lo vemos nosotros y ellos, y casi todo el planeta, y sin embargo no hacemos casi nada para cambiar las cosas a corto plazo. Como si la escuela fuera un proyecto que estamos armando para una generación distante, y no un lugar donde ahora hay chicos pasándola mal.

¿Qué es lo que no funciona entonces? Es posible que sea la forma, que podría ser menos agresiva, más alentadora, más “te animo a que sigas trabajando” y menos “te saco cualquier esperanza que tenías de alguna vez ser bueno en mi materia”. O quizás los estándares imposibles, los criterios de evaluación arbitrarios, que para colmo nunca quedan explícitos pero que siempre se espera que sepamos adivinar. (No tengo ni la más pálida idea de lo que es la distancia linguística. Tampoco nadie me enseño nunca a armar presentaciones universitarias). Puede que sean los alumnos estresadísimos, esos que estas últimas semanas lloraron más horas de las que durmieron, y pusieron sus vidas en pausa en un esfuerzo por vencer a esa infinita lista de tareas, pruebas y trabajos prácticos para los que se espera que estemos infinitamente preparados.

Todas esas cosas me enojan. Me vienen enojando hace un tiempo. Pero hoy lo que no entiendo es otra cosa. Algo que va mucho más allá. Porque tiene que haber, debería haber, una diferencia entre la exigencia y la agresividad, entre la excelencia y el elitismo académico. No puede ser que una frase en negrita, que tenía que estar en itálica, invalide semanas de trabajo. No puede ser que mires con más atención un guión mal puesto que las palabras que este separa. No puede ser que pienses que lo que sea que yo tengo para decir es menos válido porque le faltó una mayúscula, o, peor todavía, porque dije más de lo que esperabas de mí y me terminé pasando de tiempo. No puede ser que en vez de pasar nuestro tiempo aprendiendo contenido, lo pasemos aprendiendo a aprobar. A aprobar según una serie de conceptos arbitrarios que no tienen justificación alguna más allá de que son así desde siempre.

Entiendo que su función es prepararnos para el futuro. Entiendo que ustedes, mis profesores, probablemente no hayan inventado los criterios con los que nos evalúan, y que probablemente hayan sufrido tanto como nosotros tratando de incorporarlos en su momento. Entiendo, por sobre todo, que sus intenciones son buenas. Nos exigen porque saben que otros lo harán más que ustedes dentro de pocos años. Nos enseñan desde temprano a adaptarnos al sistema, nos amoldan lo mejor que pueden antes de dejarnos salir a un mundo en el cual vamos a necesitar desesperadamente entrar en el molde. Si me estás bajando la nota ahora por una coma mal puesta, es probable que en la universidad ni me escuchen y me reprueben. A ustedes les pasó. Así que entiendo que lo que más quieren es prepararnos. Que dentro suyo tienen todo menos maldad.

Pero si ese futuro para el que nos preparan es igual o peor que esto, me parece que vale la pena preguntarnos si lo queremos. Porque yo no nos veo aprendiendo. Tampoco, para el caso, nos veo, en más casos de los que uno creería, aprobando. No quiero más años de tareas infinitas que después no valen ni un décimo de lo que yo me esmeré en hacerlas. Quiero aprender, no me interesa particularmente aprobar, y estoy harta de vivir en un mundo que me obliga a vivir al revés. Me parece que hay cosas que tienen que cambiar, no en veinte o en cincuenta años sino ahora. Me parece que no basta con ponernos nombres como “nueva escuela” o “escuela del futuro”, y debatir tres veces por año sobre el pensamiento crítico y la creatividad en las aulas, si después seguimos utilizando criterios de hace dos siglos para evaluar incluso esas discusiones.

Quiero pasar menos tiempo enfocándome en maneras de que la gente me vea como alguien respetable, y más pensando en lo que tengo que decir para merecer ese título. Quiero pasar menos tiempo aprendiendo como luchar por un lugar y una voz, porque me parece que esas cosas son un derecho y que no se debería luchar por ellas. Invertiríamos mucho mejor nuestro tiempo si en vez de enseñarle a los chicos a hablar con distancia linguística o vocabulario complicado, les enseñaramos que cualquier persona puede decir cosas increíbles, sin importar si utiliza estos recursos o no. Dejaríamos afuera a mucha menos gente. Y pasaríamos muchas más horas de clase desarrollando contenidos y habilidades que sí vale la pena tener.

Vivimos en una sociedad que idolatra a la academia como alguna vez lo hizo a la iglesia. Las universidades son los templos modernos, y lo que estas consideran correcto se transforma en dogma. El sistema nos prepara para el futuro. Y en el futuro, salvo que use la letra itálica cuando me la piden, lo que diga va a tener menos valor. Pero yo tendría cuidado, entonces, con lo que nos enseñan. Yo tendría cuidado con volver a caer en esa idolatría ciega de lo que es socialmente elevado, en el esnobismo que nos lleva a creer que todo aquel que tiene bata blanca o cita libros conocidos está diciendo cosas valiosas, y que por ende todo aquel que dice algo pero no sabe escribirlo con gracia o sin faltas de otrografía es menos digno de ser escuchado. Porque ahí lo único que nos enseñan es que nuestras palabras valen menos si no nos amoldamos a su forma de decirlas. Nosotros solo repetimos, y ustedes escuchan siempre lo mismo. Y así no aprende nadie.

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