Epifanías de clase de Lengua

Siempre me resultó una experiencia sumamente extraña observar a otras personas leer mis escritos. Me acuerdo de esa sensación abrumadora, como si alguien estuviera atravesando mi cuerpo con los ojos, desde mis primeros días como escritora. Recuerdo estar en sexto grado, en una situación casi paralela a la que me tocó vivir hoy: parada al lado de una profesora que tiene un escrito mío en la mano. Los escritos, claramente, son distintos. Pero hay otras cosas que siguen siendo iguales, como la forma en que muevo las manos nerviosa, o el silencio incómodo que inunda todo a nuestro alrededor, o mis ganas de meterme cada vez más adentro de mi misma, que se traducen en mi postura y en cada uno de mis gestos.

Nunca tuve miedo de reprobar Lengua, y, aunque valoro mucho la opinión de mis lectores, especialmente de mis maestros, sobre lo que escribo, nunca me pareció que toda esa incomodidad fuera justificada. Y sin embargo me pasa siempre. He entregado cuentos en mano de innumerables personas, los he mandado por mail o puesto en sobres que después dejé en pilas junto a miles de otros cuentos. Todas estas alternativas me provocan nervios a veces, pero ninguna como la idea de pararme adelante de alguien y mirarlo leerme.

Ver a alguien leerme, digo, porque leer un escrito mío es como leerme a mí. Es como pasear por mi cabeza, pasar por los lugares mas recónditos de mi cerebro, observar en detalle cada uno de mis pensamientos. Ver a alguien leer mis escritos es ver cómo alguien me ve; es el espejo en el cual puedo verme desde afuera. Y eso asusta. Asusta porque cuando uno ve algo por primera vez no puede evitar que el rostro se le pinte de impresiones. Nunca vi caras tan expresivas, tan peligrosas, como las de quien está leyendo por primera vez uno de mis escritos.

Siempre consideré que leer es un acto muy íntimo, en el cual el resto del mundo desaparece, y solo queda uno con la página. Tal vez por eso es tan extraño verlo desde afuera. Uno siente que está siendo testigo de algo privado, algo que no fue invitado a presenciar. Como estar presente mientras dos personas discuten o se besan, sin que estas se den cuenta. Y ni que hablar cuando el escrito es tuyo, y entonces eso que está sucediendo es a la vez algo privado y algo de lo que no podés dejar de ser parte. Como si las personas fueran tus padres o tus hijos.

Escribir también es un acto muy íntimo. Y a la vez no tanto, porque uno escribe para que otro lea. No importa si ese otro es una persona, o mil, o si es uno mismo. Los humanos empezamos a escribir poque había otros, porque había que comunicar mensajes y contar historias y preservar el pasado. Entonces podría decirse que esa incomodidad instintiva que me asalta cuando alguien lee mis escritos va contra la razón de ser de la escritura. Que no puedo ponerme nerviosa por algo que es porque nació para ser así.

Leer y escribir son actos que son a la vez íntimos y universales. Nos encierran en nosotros mismos y nos conectan con todos. Tal vez por eso me gustan tanto. Por ese balance perfecto que ocurre cuando el lector levanta la mirada, sale de a poquito del mundo que yo inventé, en el que lleva un rato sumergido, y vuelve al nuestro. Siempre hay sonrisas en esas caras. Del tipo que se le nota a las personas cuando comparten un secreto consigo mismos, cuando hicieron alguna broma o están pensando en la persona que les gusta. Y a la vez es una sonrisa para mí. Para todos.

Cuando alguien lee está solo y a la vez en compañía de todo el mundo. Cuando alguien te lee, te ve, y vos te ves en él o en ella, a través de sus ojos. Y como nos asusta vernos en el otro, vernos como nos ve el otro, a veces decidimos escondernos. Decidimos que no nos lean. Decidimos no compartir lo que escribimos.

Creo que dice algo sobre mí, y sobre todos los escritores, que a pesar de esa incomodidad seguimos mostrando lo que escribimos. Requiere mucha valentía arriesgarse a que el otro te vea, y más aún mirar al otro a los ojos mientras te ve. Hay gente que se deja ver en un estado tan vulnerable muy pocas veces en su vida. Hay gente que no lo hace nunca. Los escritores lo hacen, lo hacemos, como profesión. De alguna forma eso hacen todos los artistas. Pienso que, aunque a veces se nos mire como si fuéramos menos, como si fuéramos más débiles, hay mucha valentía en eso. Hay mucha fuerza, mucha confianza, en el acto de dejarse ver. De entregarle a otra persona un escrito, un pedazo tuyo, y decir “Acá estoy. Soy esto. Mirame.”

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